martes, 22 de enero de 2013

Rosi se hace las ingles brasileñas



Rosi se hace las ingles brasileñas
Me llamo Rosa. Tengo 45 años. Y un hijo adolescente.
De lunes a viernes soy la señora de la limpieza de un colegio público. Ayer fui a darle una vueltecita a los váteres del baño de profesoras. Dentro vi a la directora montándoselo con la conserje. Me alegro de que por fin se hayan atrevido a dar el paso. Aunque creo que esa imagen me ha traumatizado. Desde entonces no soy la misma.
Hoy es sábado. Me he despertado a las 9, me he hecho la raya, me he pintado las uñas y he bajado a la compra. Consigo hacer todo tipo de cosas sin romperme las uñas ni clavármelas. Hasta masturbarme.
He comprado pan, fideos, garbanzos, un esqueleto de gallina, magro de ternera, chorizo. Hoy voy a poner cocido. También he comprado un piolet. No voy a matar a Trotsky. Simplemente me ha dado por ahí.
Mi marido se pasa el día tocándose los cojones en el sofá. Lleva 4 años en paro. Ya ni sé de qué color es su glande. Mi hijo tiene 14 años y se pasa el día encerrado en el baño haciéndose pajas. Antes los sábados por la tarde iba a pilates. Luego empecé a ir al bingo. Ahora me meto en la cocina a escuchar Carrusel Deportivo. Hoy el Rayo le ha metido cuatro al Santander. Ese es mi Rayo.
Después del partido del Rayo, mi marido ha venido a decirme que se baja al bar. Ya era hora.
Desde que la comadrona me rasuró, no he vuelto a depilarme las ingles. Empuño las tijeras del pescado y me dirijo al cuarto de baño. Salgo cuatro horas después. Se me ha ido un poco la mano. Me han quedado ingles brasileñas. Me gusto.
Llega mi marido. Tiene en los labios el inconfundible cerco que se le queda después de haber bebido vino. Con voz pastosa, me pregunta qué hay de cena. No le contesto, tal y como suelo hacer. Me voy hacia el dormitorio. En su almohada, el cerco amarillo-parduzco del sudor. No lo aguanto.
Cojo una bolsa de esas cuadraditas del mercadona y meto dentro lo esencial: bragas, sujetador, jersey, medias, falda. Pijama y zapatillas. Una crema y el cepillo de dientes. Las llaves del coche. Tabaco, mechero. De repente me acuerdo del piolet. Éste también se viene conmigo.
Voy hacia la puerta.
—¿A dónde vas?
—A la calle.
—¿Para qué?
—Eso a ti no te importa.
—¿Cómo?
—Lo que has oído.
—¿Pero se puede saber dónde vas a estas horas?
—Ya te lo he dicho, me voy a la calle.
—Tú no te vas a ningún sitio.
En ese momento, se acerca a mí con la mano levantada. Saco de la bolsa el piolet. Se caga por las bragas.
—¿Qué es eso?
Tener algo alargado y duro en las manos me llena de agresividad. Encima se me está clavando el puto támpax.
—Un piolet, ¿o es que no lo ves, gilipollas? Como des un paso más te mato.
—Pero Rosi…
—¡NI PERO NI HOSTIAS! Estás calvo y tienes papada. ¡Fuera de mi vista!
Bajo las escaleras. Esta noche no estoy sola. Esta noche estoy conmigo.

Me subo al coche, le doy al contacto. «Devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás. Lo tuyo te lo envío cualquier tarde, no quiero que te acuerdes nunca más.» Ole, José. Me doy cuenta de que tengo hambre. En mi barrio no hay ningún sitio abierto. Sólo un centro comercial al otro lado de la circunvalación. Hacia allá me dirijo. Aparco el coche, entro, subo las escaleras mecánicas. En los centros comerciales siempre hay niños, pero es tan tarde que sólo quedan mendigos tomando un plato de comida caliente. Me siento en un restaurante de espaguetis vietnamitas o algo así. Los mendigos me miran. No sé quién es más ajeno al lugar, si ellos o yo. Uno de ellos, el único que parece estar borracho, se me acerca. Parece que tengo un imán.
—Perdón, ¿me puedo sentar?
—Sí.
Tiene los ojos vidriosos y ademanes lentos. Me da miedo que se caiga de la silla.
—¿Sabe? Me escapé de la cárcel hace 3 meses.
—Aha.
—Desde entonces estoy dando vueltas por ahí.
—Muy bien.
—¿Usted no tendría unas monedas para ayudarme?
Como no valgo para decir que no, le invito a cenar. Espaguetis con pegotes de carne y una salsa de color marrón claro.
—Acabé en la cárcel por el hijo de puta de mi cuñao, que es traficante y me lio. 
—Vaya.
—Yo no hice nada, se lo juro a usté.
—Le creo.
—¿Sabe? El problema es que en el mundo hay más hijos de puta que botellines, y mire que hay botellines. Por eso estoy como estoy.
Pienso que tiene más razón que un santo, pero no se lo digo para que no se venga arriba.
—Tiene usted toda la razón, pero me tengo que ir.
Hago ademán de levantarme, pero sigue hablándome:
—Le dan la condicional a mi chorba la semana que viene. Hasta entonces me voy a quedar en este restaurante. ¿Viene usté mucho por aquí?
Hacía años que nadie era tan romántico conmigo.
—No, no mucho. Hasta otra.
Me vuelvo al barrio y aparco frente al portal de la Amparito. Ésta se viene conmigo esta noche, que tenemos mucho que hacer las dos.
—¿Amparito? Baja.
—¿Para?
—Que bajes.
—Está bien, ya aprovecho y saco la basura.
La Amparito vive con su madre. Hace 50 años que aparenta 50 años. Su único placer consiste en ver la televisión cuando su madre se va a la cama. Antes se venía al bingo conmigo, pero ya ni eso. Va siendo hora de que nos lo pasemos bien.
La espero apoyada en el coche echándome un cigarro. Se enciende la luz del portal y veo aparecer por las escaleras unas zapatillas moradas de felpa. A continuación, los bajos de una bata azul clarito. Después, la bolsa de la basura. Por último, la cabeza de la Amparito.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
—Buenas noches, lo primero.
—Buenas noches. ¿Tú has visto qué hora es?
—Amparito, cállate y sube al coche.
—¿Cómo?
—Que tires la basura y subas al coche.
—¿Para qué?
Segunda vez que me preguntan lo mismo esta noche.
—Amparito, no me hagas repetirlo otra vez. Esta noche tú y yo nos vamos por ahí.
Saco el piolet de la bolsa del mercadona. Al verlo, se asusta y sube al coche. Camarón sigue a lo suyo. «A dibujar esta rosa, ayúdame compañera, que yo solito no puedo dibujarla tan hermosa.» El compañero de mi vida es él. La Amparito va agarrada al cinturón de seguridad.
—¿Se puede saber dónde vamos? No le he dicho nada a mi madre.
—Tienes 46 años. Y no sé dónde vamos porque no salimos nunca. Algún sitio encontraremos.
La Amparito va en bata y pijama. Yo no voy mucho mejor vestida. Veo un supercor. Aparco.
—¿Qué haces?
—Espera.
Vuelvo a los diez minutos con dos botellas de whisky, vasos, hielo, coca-cola y patatas fritas. Un disfraz de enfermera y otro de diablesa.
—¿Y eso?
—Amparito, deja de hacer preguntas. Cámbiate de ropa y ponte unos güisquis.
—¿Dónde me cambio?
—Coño, pues en el coche.
—No, en el coche no me cambio.
—Como quieras. Yo sí. ¿Qué disfraz te pides?
—Me da igual.
Me quedo con el de diablesa. El negro me sienta muy bien. Me bebo un whisky del tirón y arranco. Cojo la circunvalación y voy hacia Alcalá de Henares. Veo de lejos un control de la guardia civil. Como vean a la Amparito en bata nos paran fijo.
Tensión. Pongo cara de «aquí no está pasando nada». No nos paran. Respiro. Dos kilómetros después, luces de neón. «Club Palmera».
—Rosi, ¿se puede saber qué estamos haciendo? ¿Por qué te paras?
—Pues porque nos vamos a tomar una copa. ¿Acaso has visto algún otro sitio abierto por el camino?
—Pues no, pero no sé, la gente normal sale por Madrid. Nunca había estado aquí.
—Pues también es verdad. Pero ya que estamos no nos vamos a marchar. Además, te recuerdo que vas en bata. Así no te van a dejar entrar en ningún sitio. ¿Por qué no te cambias de ropa?
Al ver el panorama, se decide a cambiarse en la parte trasera del coche. Entramos en el garito.
Un pasillo oscuro con las paredes tapizadas de terciopelo negro. Una cortinilla de tiras de plástico rojo. Voces y música. Cruzamos la cortinilla. Tras la barra, una chica rubia con el pelo corto y un top de cuero blanco con tachuelas le está poniendo una copa a Esperanza Aguirre. A su lado, Luis Bárcenas. Nos lo vamos a pasar muy bien.
Empezamos a buscar un sitio para sentarnos cuando alguien nos llama. Un grupo de hombres en una mesa grande. Tienen una botella, hielo y vasos. Señalan dos butacas vacías. Nos acercamos.
—¿Les gustaría sentarse con nosotros? Les invitamos a una copa.
¿Por qué no? Me siento extraña con el disfraz de diablesa. A la Amparito el blanco no le sienta nada mal.
A la mesa, Jaime, director de marketing de una multinacional. Eduardo, presidente de la multinacional. Adolfo, un guardia civil retirado. Veo que sigue habiendo dos butacas vacías más. Eduardo nos sirve unas copas y toman asiento Esperanza Aguirre y Luis Bárcenas. Adolfo nos presenta.
—Mucho gusto —Bárcenas.
—Es un placer —Esperanza.
Aparece una mujer más, llamada María Teresa. Hablan de sobres y de fotocopias… Nada que nos interese. La Amparito y yo hacemos ademán de ir a bailar. Esperanza Aguirre me coge de la mano.
—Rosi, ¿quieres bailar conmigo? Me pone mucho tu disfraz. Tengo un lado satánico muy pronunciado.
No me da tiempo a decir nada cuando ya estamos dando vueltas por la pista. Eduardo saca a bailar a la Amparito. Tras dos o tres canciones marchosas, empiezan las lentas. Esperanza Aguirre me estrecha contra su cuerpo. Esta mujer es un sueño hecho realidad. Baila como los ángeles. Mejor, como los demonios.
—Rosi, dime qué deseas hacer esta noche.
—Esperanza, deseo ir a ver el mar.
Tras pegarme unos cuantos buenos meneos, se disculpa para ir a hacer unas llamadas. En la mesa siguen hablando de sobres que van y vienen.
—Amparito, ¿qué tal con Eduardo?
—Muy bien. Creo que me he enamorado.
Es lo que tiene no haber olido a un hombre en quince años. No le digo nada, es mejor así. Se marcha con Eduardo a un reservado. Al cabo de un rato, vuelve Esperanza.
—Señores, señoras, Rosi desea ir a ver el mar y soy tan satánica que sus deseos son órdenes para mí. Dentro de 30 minutos nos esperan en la base aérea de Torrejón. Mi avión privado pagado por el erario público nos llevará hacia algún destino con mar. ¿Alguna preferencia?
Contesta Jaime.
—Mi amigo Manuel, el embajador de España en Cabo Verde, mañana da una recepción en su casa. Si salimos ahora podremos dormir en el avión y aún tendremos tiempo de tomarnos unas caipirinhas y darnos un baño antes de ir a cenar a su casa.
Esperanza Aguirre me toma dulcemente la mano.
—¿Te apetece, Azrael mío?
Esta mujer tiene una mirada tan penetrante que me hipnotiza.
—Me encantará.
Pienso «por fin podré lucir mis ingles brasileñas».
Eduardo y Amparito vuelven. Salimos hacia Torrejón de Ardoz. Cuatro horas después, estamos en Cabo Verde.

Esperanza y yo hemos estado haciendo planes de futuro en el avión. Quiere que tengamos 3 cabritillos. Yo prefiero 2, cabritillo y cabritilla. Ya nos pondremos de acuerdo. Al llegar a Cabo Verde siento que me falta el aire. El nivel de humedad debe de ser del 1.000%. Espero acostumbrarme rápido, porque la humedad es malísima para hacer la tijera.
Vamos a la playa y nos damos un baño en ropa interior. El agua está fresca y despierta mis sentidos. El sol brilla. Esperanza me propone que vayamos hacia las rocas. Allí buscamos una pequeña cueva desde la que se ve el mar, y nada más. Se oye el mar, y nada más. La vida es bella.
Volvemos hacia la orilla y nos vamos al chiringuito. Me tomo una deliciosa crepe salada y una caipirinha. Dejamos caer la tarde plácidamente desde una tumbona.
A las siete de la tarde, Jaime nos dice que tenemos que ir a la recepción en casa de Manuel. Me pongo el disfraz de diablesa y hacia allá nos vamos.
En la entrada de la casa, don Manuel y su señora, un guardia civil compañero de Adolfo, la encargada de negocios de la embajada, uno que pasaba por ahí, el que mató a John Lennon, Steve Urkel, Macaulay Culkin, Jimmy Giménez-Arnau, un fotógrafo con gafas y un exuberante camarero africano con una bandeja llena de gintónics. Cojo uno. Ya estoy lista para pasar a la siguiente pantalla.
Cruzo el salón y llego a una enorme terraza con vistas al mar llena de gente. Comida por todas partes. Creo que me voy a divertir. Con Esperanza a mi lado todo es posible.
Cuando nada puede ir a más, aparece una troupe flamenca para animar el cotarro. Gitanos granaínos en Cabo Verde. «Shiquilla, menoh mal que no hemoh traío hamón, que con la humedá se habría quedao revenío.» Más razón que un santo tiene. Aparece una rubia preciosa con mucho arte y acento canario que me presenta al personal. Cuando me quiero dar cuenta, me he bebido una cantidad de gintónics que oscila entre los 5 y los 15. Gintónic arriba, gintónic abajo.
Aparece una loca vestida de negro, con gafas y sin zapatos, que insiste en bailar conmigo. Espero que Esperanza me saque de ésta. Pero Esperanza no viene, así que mientras tanto entretengo el pedo viendo cómo la loca de negro baila flamenco en el salón del embajador. Al final me animo y bailo yo también.
Cuando me harto de bailar, me tumbo en el sofá del embajador. Me quedo dormida. Después de unas cuantas horas, Esperanza Aguirre me despierta con un dulce beso y me lleva en brazos a la terraza. Me deposita suavemente en una tumbona. Me vuelvo a quedar dormida. Cuando despierto, tengo ante mí un espectáculo que, aunque no nos demos cuenta, se repite todos los días: el sol está asomando entre los acantilados y el mar. Esperanza me coge de la mano. Ya me da igual cuántos cabritillos quiera tener. Sólo quiero que este momento no acabe nunca.

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