martes, 26 de febrero de 2013

A medianoche



A medianoche
Me até las botas con más firmeza que de costumbre y me puse un abrigo oscuro e impermeable. Tal y como habíamos acordado, le mandé un sms a Ainhoa en el que decía: «mete el pollo en el horno. Voy de camino». Tras cargar el maletero, entré en el coche y puse el CD de Rachmaninov. Me gusta escuchar música clásica en los momentos importantes, y los rusos siempre han sido muy inspiradores. Conduje suavemente, disfrutando del tacto del volante y de la palanca de cambios. Media hora después llegué al garaje de Ainhoa, en el que entré con la llave que ella misma me había dejado en el buzón el día anterior. Me estaba esperando con la bolsa preparada. Iba vestida con ropa cómoda, adecuada a la situación.
        Apenas había coches en la carretera, y exceptuando el peaje, no hicimos ninguna parada hasta llegar a nuestro destino. Una vez allí, accedimos al lugar por la puerta trasera y descargamos las bolsas. El resto de los utensilios se encontraba en una caja de madera que habíamos hecho enviar la semana anterior. Todo estaba en orden, sólo faltaba ultimar algunos detalles y el festín estaría servido. Nos quitamos la ropa y nos pusimos los disfraces que habíamos elegido para la ocasión: unos monos ajustados de cuero negro y unas máscaras. Ambas prendas nos sentaban de maravilla.
        La sala de fiestas era amplia y en ella primaba el color blanco. La decoración se podía calificar de intimista, y no faltaba detalle alguno: butacas de cuero blanco, amplios sofás, pequeñas mesas aquí y allá, y una barra con un camarero de chaleco rojo y aspecto muy profesional. El resplandor del blanco quedaba mitigado por la pintura oscura de las paredes y por una luz tenue procedente de pequeñas lámparas de mesa. Ainhoa y yo nos aseguramos de que podríamos movernos con libertad entre la sala de fiestas y el lugar donde teníamos todo lo necesario. El acceso a la parte trasera del local era diáfano y al mismo tiempo discreto.
        Los invitados fueron ocupando los asientos a medida que iban llegando. Los trabajadores del local realizaban su tarea con discreción y profesionalidad, y todo el mundo parecía estar divirtiéndose bastante. La homenajeada, Esperanza Aguirre, sabía ejercer de centro de atención sin eclipsar al resto de personas invitadas. Esta mujer es de la vieja escuela: sabe halagar sin hacerte sentir pequeña o intimidada. Con un poco de retraso, llegó la familia Aznar al completo. La relajación de la velada invitaba a olvidar los rancios saludos protocolarios, de manera que, desde nuestra privilegiada atalaya, pudimos observar cómo se distribuyen los afectos en la familia Aznar. A pesar de que todas las expectativas se centraban en el saludo a la Familia Real, viejas y sólidas lealtades llevaron a José María a saludar en primer lugar, con dos suaves palmadas en la espalda, a Felipe González. Francisco Camps reía a mandíbula abierta los chistes picantes de Rita Barberá. Todos los invitados parecían felices.
Corinna Wittgenstein —en principio, no es familia de — lucía un traje rojo rubí con un espectacular escote en la espalda y estaba íntegramente dedicada a atender a su marido. El Marqués de Del Bosque aprovechó una ausencia de Corinna —fue al baño a empolvarse la nariz— para comentarle a su majestad, con su sonrisa de yerno perfecto, cuán rejuvenecido estaba desde que se divorció de Sofía. Ambos coincidían en que la selección española de fútbol y el matrimonio entre Juan Carlos y Corinna habían colocado a España en un lugar privilegiado en el panorama geopolítico mundial. José Ignacio Wert, mostrando su gran habilidad como conversador, interrumpió graciosamente el aristocrático diálogo para comentar que España era una unidad de destino en lo universal, y que además como en España no se come en ningún sitio.
        La entrada de Iñaki Urdangarín provocó que algunos de los invitados formaran corrillos en lugares apartados de la sala de fiestas. Rubalcaba, por ejemplo, comentó con Rosa Díez aquella vez en la que ambos votaron contra el matrimonio morganático. Si la propuesta socialista hubiese salido adelante, Urdangarín nunca se habría casado con la infanta de Naranja, lo cual sin duda habría salvado la mala imagen que se tenía de la monarquía en el exterior. Rosa Díez estaba absolutamente convencida de que lo que tenían que hacer era crear una comisión en el congreso para estudiar la posibilidad de que el matrimonio morganático deje de llamarse matrimonio. También le aconsejó a Rubalcaba que, si quería tener éxito en las primarias de su partido, se tiñese el pelo de rojo caoba. En un oscuro rincón, José Mourinho besaba apasionadamente su propia imagen reflejada en un espejo, colocado adrede en ese lugar para Él. Había sido idea mía. Conozco muy bien a José.
        A medianoche estaba prevista la salida de una tarta en la que se podía leer «Españoles, Franco ha vuelto». Había llegado el momento de actuar. Ainhoa y yo nos introdujimos en el interior del pastel de cartón piedra. Dieron las doce en el reloj. El camarero de la barra apagó la luz y el resto del personal bloqueó todas las salidas. Ainhoa y yo, en nuestra oscura gruta, nos cogimos de la mano para darnos aliento. Dos camareras vestidas como Rita Hayworth en Gilda empujaron hasta el centro de la sala el carrito sobre el que habíamos colocado la tarta. Los invitados, algunos ya un poco borrachos, cantaban estruendosamente en honor de la homenajeada Esperanza: «porque es una muchacha excelente y siempre lo será, y siempre lo será». Justo en ese instante, surgimos como un estertor desde el vientre del pastel y comenzamos a disparar. La plantilla que habíamos contratado se fugó por una trampilla que comunicaba con los sótanos de la sala, no sin antes intoxicar convenientemente al equipo de seguridad. No hizo falta drogar al jefe de seguridad de la Casa Real: estaba en el cuarto de baño montándoselo con un camarero de fugaz bigote.
Mi primera víctima fue Ignacio González, al que tuve ocasión de mirar firmemente a los ojos antes de dispararle entre los suyos. Vi cómo Rodrigo Rato huía despavorido mientras Ainhoa le apuntaba al culo. Pero ella, donde pone el ojo, pone la bala. Para María Dolores de Cospedal reservé el plato fuerte: escribí en su frente limpia y clara la palabra «desahucio» con mi navaja de Albacete. Lástima que no vaya a poder lucir su nuevo look en la próxima convención nacional del Partido Popular.
Del resto de la carnicería da debida cuenta el informe policial, de modo que no vale la pena extenderse en detalles técnicos. Sí me importan más los sentimentales. Conseguí llevarme uno de los pendientes de perlas de mi musa Esperanza. Accidentalmente, también me llevé la oreja. Hoy Ainhoa me ha confesado que a menudo mira con añoranza una foto de aquel día, en la que empuña con la mano derecha, como un trofeo, la cola del rey de España, mientras sonríe abiertamente a la cámara.
FIN

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