viernes, 15 de febrero de 2013

Paqui y Charito (cuento con moraleja)



Paqui y Charito (cuento con moraleja)
I
El señor Restrepo anunció su entrada en el despacho con un sonoro carraspeo que le generó una inoportuna flema. Paqui estaba sentada de espaldas a la puerta. Antes de girarse, apostó consigo misma a que su chaqueta sería marrón. Acertó. El señor Restrepo cerró con cuidado la puerta, acariciando suavemente la jamba con la mano derecha mientras acompañaba el pomo con la izquierda. Tenía ademanes precisos, como de cirujano o de bailarín un tanto envarado, y se movía por su despacho con la ligereza de aquellas personas cuyos pies parecen no tocar el suelo. Se plantó frente a ella, le tendió la mano e inclinó la cerviz de un modo que los códigos occidentales del siglo XXI permiten calificar de serviles. Se giró sobre sí mismo y ocupó su estrado: una silla giratoria con rueditas, respaldo y apoyabrazos. Tras empuñar con orgullo su estilográfica —regalo de empresa— y colocar un taco de papeles que se encontraba sobre la mesa, le mostró por debajo de su bigote los dientes incisivos y caninos. O, dicho de otro modo, sonrió.
         —Y bien, ¿en qué tengo el honor de poderla ayudar?
         Era la tercera sucursal bancaria que visitaba. En las tres anteriores no había tenido suerte. Para la ocasión había elegido el traje de chaqueta gris perla que se había comprado para la comunión de su sobrino Carlitos, quien en aquellos momentos ya se llamaba Carlos y estaba en Manchester de Erasmus. Un foulard anaranjado le cubría el tatuaje del cuello. Tres estrellas de cinco puntas cada una y de tamaños diferentes, regalo de un amor de verano al que conoció en Ibiza con 19 años. El amor le duró poco. El tatuaje, toda la vida.
         —Pues bien, verá, he venido porque necesitaría renegociar un crédito y estoy buscando financiación. Contraje una hipoteca hace 7 años y hace 2 que estoy en el paro. Me van a embargar la casa. Mañana es el primer lanzamiento judicial. He venido a hablar con ustedes, como tienen tanta publicidad de hipotecas a lo mejor me podían ayudar…
         «¿Por qué he dicho “contraje”? Se contrae matrimonio o la hepatitis B, pero no una hipoteca. Relájate, Paqui…»
         El señor Restrepo se recolocó las gafas con delicadeza, utilizando sólo el pulgar y el índice, y apoyó sus manos entrelazadas sobre el escritorio. Pretendía ganar tiempo y disimular la transición entre la amabilidad inicial y la rigidez posterior.
         —Bien, ¿y con quién tengo el gusto de hablar?
         —Me llamo Francisca Pérez.
         —De acuerdo, señora Pérez. Ciertamente, nuestro banco es líder en concesión de hipotecas, liderazgo alcanzado gracias a la inteligente campaña publicitaria conocida por el eslogan «Hipotecas low cost ¡Molan mogollón!». Parece que ha tenido gran aceptación entre la gente joven que desea adquirir una primera vivienda. Ahora bien, en su caso sería una renegociación de la subrogación de la hipoteca de su vivienda actual, la cual, según dice, adquirió hace 7 años…
         —Bueno, en realidad hace 7 años que empecé a pagarla. No es mía. Si no, no estaría aquí.
         —Claro, claro, pero, en cualquier caso, no creo que nos podamos beneficiar de las ventajas fiscales que el gobierno actual ha puesto a disposición de los ciudadanos para la adquisición de una primera vivienda, ya que no es una vivienda de nueva construcción. Además, según me indica, no tiene ingresos, pero imagino que su marido sí los tendrá…
         «Ya estamos con los maridos…»
         —No, señor, yo no tengo marido. Vivo sola.
—¿Y no tiene absolutamente ningún ingreso?
—Bueno, gano algo dando unas clases de costura en una asociación del barrio, pero no me llega. He intentado vender el piso pero no hay manera, así que estoy intentando alquilarlo. Lo que pasa es que no sé si con el alquiler voy a cubrir toda la letra. Por eso necesitaba renegociar la deuda para que la letra se quede más baja.
«¿Por qué coño he dicho que doy clases de costura si en realidad enseño defensa personal para mujeres? Tengo que dejar de mentir…»
—Entiendo, señora Pérez. Pero imagino que en esa asociación no le han hecho una nómina.
—No.
—En ese caso necesitaríamos un avalista. ¿No hay nadie que la pudiese avalar?
—Pues mire, no lo sé. Pero no me gustaría tener que depender de nadie. Entiendo que necesitan garantías, pero puedo aportar un contrato de alquiler como garantía del pago.
—Aha. Señora Pérez, en Banco Pochoncha vamos a hacer algo por usted, me interesa realmente su caso. Tráigame el contrato de alquiler de la vivienda y los datos de alguien que estuviese dispuesto a ser su avalista, y estudiaremos con atención su caso.
—Entonces, ¿lo del avalista es absolutamente necesario?
—Me temo que sí, señora Pérez. Pero estoy seguro de que a usted no le costará ningún esfuerzo encontrar a alguien. Un hermano, sus padres, un amigo. Alguien que deposite su confianza en usted. Nosotros estudiaremos su caso y veremos cómo disminuir esa letra que usted paga.
—De acuerdo, muchas gracias, señor Restrepo.
—No hay de qué. Buenos días.

Paqui salió de la sucursal con la vaga sensación de necesitar tomar las riendas de su vida de una vez. Se metió en el bar de enfrente del banco, pidió un Torres y se puso a meditar, no sin antes echarle un vistazo a la portada del Marca. José Mourinho y Cristiano Ronaldo han vuelto a hacer las paces. Menos mal.
         Paqui tuvo una iluminación. Si no era posible evitar el lanzamiento y quedarse en su casa, alguien tendría que pagar por ello. Por la pérdida de su casa, por la pérdida de su trabajo. Por la pérdida de su vida. No es justo, pero es así. Ya era hora de actuar. Pagó el Torres y se fue para casa de la Charito.

II
Desde que lo dejó con su novio, que además era el dueño de la empresa en la que trabajaba, la Charito vivía con su madre en un piso de Carabanchel. Eran amigas desde los quince años. Paqui iba en el metro pensando que nunca habían hecho un viaje juntas.
         —¿Charito? Baja, te espero en El Río.
         —Voy. ¿Tienes dinero?
         —No mucho, y tú.
         —Le cojo algo a mi madre. Ve pidiendo.
         Paqui pidió dos cañas bajo la atenta mirada de un parroquiano. «Perdona, se te ha caído un ojo. Casualmente lo tengo aquí en mi camiseta…» El parroquiano no contestó. Mejor. La Chari hizo su entrada en el bar. «Cielo santo, otra vez se ha puesto el chándal de tactel rosa. Creo que podré superarlo.»
         —Bueno, ¿y qué te han dicho en el banco?
         —Nada. Que necesito un avalista.
         —¿Un avalista?
         —Sip.
         —Pues me temo que no vas a encontrarlo.
         —Tampoco quiero. Tengo un plan y necesito que me ayudes. ¿Qué haces mañana?
         —Nada, ¿y tú?
         —Cargarme a la comisión judicial, el procurador y el cerrajero. Y después huir.
         —Cuenta conmigo. Mi padre sigue conservando la casa de Toulouse.
         —¿Y qué coño hago yo en Toulouse? Había pensado irme a Portugal.
         —Haces lo mismo que yo. He visitado esa casa tres veces en toda mi vida. Pero fue de mis abuelos y ahora es de mi padre. Si se la pido me la deja, sólo tendremos que hacerle algunos arreglos.
—¿Tienes dinero? Me quedan 70 euros. Y en la asociación me deben 250 por las clases de este mes.
—Yo creo que tengo 300 euros ahorrados.
—Para los explosivos y el viaje nos llega.

III
Durmieron juntas por última vez en el piso de Paqui. A las 9 de la mañana sonó el timbre. Se asomaron discretamente a la ventana. No había policía. Tal y como habían planeado, no contestaron y se escondieron en el armario. Sonó un par de veces más antes de que el cerrajero comenzase a forzar la puerta. Ellas se abrazaron en su escondrijo y volvieron a asegurarse de que tenían a mano todo lo que necesitaban. Al principio sólo oyeron voces lejanas, pero cuando el agente judicial y el procurador entraron en el dormitorio, se dieron cuenta de que estaban haciendo un inventario. El cerrajero no hablaba, de modo que no podían saber dónde se encontraba. Pero había llegado el momento de actuar. Salieron del armario como dos tigresas agazapadas, gritando fuertemente para desconcertar a los dos hombres y blandiendo un bate de béisbol.
         —¡AAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¡Que nadie se mueva, me cago en dios, que me lo cargo!
         El cerrajero irrumpió en el dormitorio.
         —¿Qué pasa aquí?
         «Mierda. Va armado. Con las herramientas nos puede hacer una avería.»
         —Tú, colaboracionista de mierda, ven aquí que vas a pillar como el que más. Vas a desear no haber nacido.
         Una poderosa patada voladora de Charito en el pecho del cerrajero lo dejó noqueado. Mientras tanto, Paqui amenazaba a los otros dos con una botella del Mahou llena de agua. Ellos se pensaron que era un cóctel molotov. «Qué gran poder de sugestión.» Charito maniató al cerrajero y le puso un pañuelo en la boca sujeto con cinta aislante. Lo justito para agobiarle y que sufra. El procurador se puso gallito con Paqui, de manera que no tuvo más remedio que reventarle la botella del Mahou en la cabeza. El agente judicial se puso a lloriquear.
         —¡No me maten, por favor, no me maten! ¡Tengo mujer e hijos!
         —¿Pero cómo puedes ser tan cabrón? ¿Sabes a cuánta gente con hijos habéis dejado en la calle?
         —Son ustedes unas delincuentes, lo van a parar caro.
         —Ya hemos pagado lo que teníamos que pagar. Ahora te toca a ti.
         Le tuvieron que dar una hostia para que se tranquilizase. Cuando tenían a los tres maniatados entre sí, comenzaron a sacar los cócteles molotov del armario y a colocarlos en un carrito del Mercadona que habían robado el día anterior. Paqui vivía en el primer piso de un edificio de dos plantas, y en el segundo no vivía nadie desde que también desalojaron a su vecino a la fuerza. Aquella vez, Paqui trabajó con los activistas de la PAH. Gente honrada, no como ella. Estuvieron a punto de parar el desahucio, pero su vecino, un señor de 67 años, decidió irse a vivir con su hija y dejar la casa. Ya estaba mayor para esos trotes y, total, se iba a morir antes de pagar la deuda.
         El agente judicial seguía molestando con sus lloriqueos. El cerrajero sólo gemía levemente. El procurador parecía la bella durmiente. Bajaron el carrito del Mercadona a la calle y lo dejaron aparcado bajo la ventana del dormitorio. Subieron y le echaron agua fría por la cabeza al procurador, para que no se perdiese el espectáculo, les taponaron la boca también al agente judicial y al procurador y entonces sucedió algo muy parecido a esto:
         Como no habían conseguido armas, el efecto final fue un poco menos espectacular. Sustituyeron los disparos por patadas, y cuando hubieron descargado toda su rabia, bajaron al carrito del Mercadona. Encendieron los pañuelos que habían introducido cuidadosamente por los cuellos de las botellas del Mahou y lanzaron los cócteles por la ventana. Cuatro cada una. Fue una operación rápida y limpia en un barrio cada vez más desierto y con más pisos ocupados. Tuvieron el tiempo suficiente para ver el espectáculo pirotécnico desde el coche del ex novio de Charito, del cual ella guardaba unas llaves sin él saberlo. Fue su pequeña victoria por haberse quedado con el perro de los dos.
         Pusieron rumbo a la M-40, y de allí a la Nacional 1. Cuando iban por Miranda de Ebro oyeron por la radio que se había producido una explosión en un edificio de viviendas en San Cristóbal de los Ángeles. «Se desconocen las causas del incidente y los bomberos todavía no han podido acceder al interior de lo que queda del edificio. Tampoco se sabe si hay víctimas mortales…» Paqui y Charito cantaron al unísono, de manera casi inaudible, como un mantra interior y sagrado: «sí se puede, sí se puede, sí se puede...»

Moraleja: el pueblo armado jamás será aplastado.

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