miércoles, 10 de abril de 2013

El escrache de Paqui y Charito



El escrache de Paqui y Charito

I
«Joder, Charito, vete al baño que mira cómo lo estás poniendo todo de pelos.»
Desde que huyeron de Madrid vivían juntas en una casa semi abandonada y semi derruida en las afueras de Toulouse. La casa había pertenecido a los abuelos de Charito. Luego perteneció a las termitas y las ratas. Paqui y Charito la reformaron e hicieron de ella un lugar semi habitable.
        —Madre mía, ni depilarse a gusto puede una.
        —Chica, es que tú no te depilas. Tú te podas. Y los pelos se quedan entre los baldosines que es un primor. Me voy a tomar algo. Te espero en el bar.
        El Chapero Deluxe era el único local de la ciudad donde servían brandy Torres. Lo regentaba un hijo de españoles gay —sesentón modelo oso— y forofo del rugby, afición que se dejaba sentir en las cuatro paredes de su establecimiento, cubiertas de banderas, posters, banderines y bufandas del Stade Toulousain. Los colores de su equipo le granjeaban algún que otro cliente anarquista, que entraba en el bar por el rojo y negro de la decoración y se acababa quedando por los bocatas de lomo con pimientos. Al llegar, Paqui vio a un tipo echándose una siesta mexicana en un rincón.
        —A las buenas tardes. ¿Y éste quién es?
        —No sé, ha venido esta mañana, se ha tomado un café con coñac y se ha puesto el sombrero en la cara. No sé si está dormido o está muerto.
        —Bueno, si a la hora del cierre te da problemas, llámame y te echamos un cable. Ponme un Torres y pásame la prensa, por favor.
        —Hoy sólo me ha llegado El País.
        —Bueno. Yo soy más del Marca, pero me vale.
        Paqui se sumió en la lectura del periódico y en su copa de brandy. Tras dar cuenta de la sección de deportes, se dignó a mirar la portada.
        —«Banco Pochoncha, líder en desahucios ejecutados en 2012, seguido por BBVA.» ¿Qué me cuentas, Julián?
        —Que en mi bar no se habla de política, ya te lo he dicho mil veces. Luego se me llena esto de exiliados republicanos que no hacen más que hablar y no consumen.
        —En tu bar nosotras hablamos de lo que nos dé la gana, para eso bajamos todos los días —exclamó Charito, que entraba por la puerta ataviada con su ropa de «bajar un momentito a la calle»: vestido estampado de flores por debajo de la rodilla y chaqueta del chándal—. Ponme un DYC cola, que hoy vengo espléndida.
        —¿Pero me lo vas a pagar?
        —Por supuesto. He empezado a trabajar en una casa por horas. Me han dicho que si se quedan contentos conmigo me hacen contrato.
        —Mira qué bien, así empezó mi madre —contestó Julián, y se metió en la cocina—.
        —Charito, échale un vistazo a esta noticia —le dijo, mostrándole la portada—.
        —«BBVA». ¿Éstos no son los que te querían desahuciar?
        —Sip. Y los del Banco Pochoncha se negaron a renegociar el crédito. Además, el tío de la sucursal es un cabrón con pintas. Me jode que se haya ido de rositas.
        —Habrá que ir a hacerle una visita. Esta mañana he cobrado.
        —A mí me quedan 100 euros. Para la gasofa ida y vuelta nos da. Pero no tenemos armas. ¡Julián! Ven un momento, anda —gritó Paqui—.
        —¿Qué quieres?
        —Oye, ¿tú no tenías por ahí una pistola que fue de tu padre?
        —Sí, pero no tengo ni idea de si funciona.
        —Da igual, déjamela, que me quiero disfrazar.
        —¿De qué?
        —Es una sorpresa.
        —Espera que subo a por ella. ¡Ah! Y si el tío del rincón se despierta dile que me debe dos con cincuenta.
        —Vale.
        Julián vivía con su nonagenaria madre encima del bar. Las únicas aficiones de la señora Sagrario eran ver el Canal Internacional de Televisión Española y venerar a su difunto marido, que vivía rodeado de reliquias republicanas en una urna en la repisa de la entradita. No iba a ser fácil sacar la pistola del mausoleo de la lucha antifranquista sin que doña Sagrario lo advirtiese.
        —Hijo, ¿qué buscas en el altillo?
        —Nada, mamá.
        —Te vas a caer. ¿Qué buscas?
        —Nada, mamá, una cosa.
        —Hijo, dime qué cosa. No querrás el álbum de fotos de cuando la Pasionaria vino a Toulouse, ¿verdad? ¿O los papeles falsos de tu padre? Sabes que esas cosas no salen de casa hasta que no me muera. Cuando yo me muera haces con ellas lo que te dé la gana. Pues sí, faltaría más. El otro día vino un catedrático de no sé qué a decirme que quería escribir un libro sobre tu padre, y que si le dejaba ver sus papeles. Le puse de patitas en la calle. ¿Quién coño se habrá creído el gafotas ese? Pero ¿quieres dejar de rebuscar? ¿Qué quieres?
        A veces, el camino más corto para conseguir algo es decir una gran mentira retorcida.
        —Las revistas de porno gay que me compré cuando fui a Madrid en el 84. Se las voy a dar a un cliente del bar porque yo ya no las quiero.
        El incómodo silencio que se produjo tras la respuesta hizo que la señora Sagrario se concentrase en ver la televisión. Y que Julián consiguiese encontrar la pistola. Después de todo, utilizar los miedos y los prejuicios de la gente para lograr tus propósitos es un truco más viejo que el taparrabos. Las iglesias y los gobiernos lo practican con tesón.
        —No las encuentro. Me bajo, mamá —la pistola sobresalía ostensiblemente por debajo del pantalón, pero la señora Sagrario miraba con avidez hacia el televisor—.
        —Adiós, hijo, que tengas buena tarde.
        —Gracias, mamá, tú también.

II
Cruzar la frontera fue relativamente sencillo, pero las carreteras de Cataluña están llenas de peajes, que son un potencial peligro para quien huye de la justicia. Una vez en Zaragoza, Paqui y Charito consiguieron relajarse. Además, estaban convencidas de que su cambio de look era todo un éxito: se habían cambiado la raya del pelo de sitio y se habían depilado las cejas. Paqui no podía dejar de mirarse en el espejo retrovisor.
        —Aparentamos 10 años menos, tía —comentó—.
—Sí, estamos más guapas —respondió Charito—. A ver si ahora el del kiosco de los periódicos me hace más caso.
—Pues sí, chiqui, que estoy preocupada por ti. Últimamente hincas menos que un clavo de goma.
—Pues anda que tú, que la última vez que pillaste todavía estabas delgada.
—Ahora no estoy gorda. Estoy rellenita.
Y estaban en lo cierto al pensar que tendrían éxito: tras el cambio estético realizado, ningún policía las podría reconocer.

Mientras Paqui conducía y Charito se pintaba las uñas de fucsia, la radio hablaba y hablaba sin parar: «Escuchen un corte de las declaraciones de la delegada del gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, acerca de los escraches que recientemente han organizado algunos miembros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca: “Últimamente parece que tienen también ciertas inquietudes de apoyos a grupos filoetarras o proetarras, cosa muy curiosa. […] Ada Colau y las personas que están en la plataforma anti desahucios han manifestado su apoyo, en determinadas ocasiones, a Bildu, a Sortu y a esos grupos que a mi modo de ver y el de muchos españoles tienen que ver con el entorno de ETA”. Las reacciones no se han hecho esperar: la activista Ada Colau ha indicado que bla, bla, bla…»
        —¿Qué coño es un escrache? —preguntó Paqui—.
        —No lo sé, será poner una bomba o algo así. ¿No tenemos Internet en el móvil para mirar qué significa?
        —Cariño, no tenemos móvil.
        —Es verdad. Igual es apuntarle a alguien a la cabeza con una pistola roñosa.
        —Pues será eso.
        —Entonces nosotras vamos a organizar un escrache de pelotas.

III
Aparcar el coche en doble fila no es un problema para dos fugitivas de la justicia. Se dirigieron con paso firme hacia la sucursal del Banco Pochoncha. Eran las 13:53 de un lunes cualquiera.
        —Señoras, ya vamos a cerrar —espetó el segurata—.
        —No, si sólo vamos a sacar dinero un momentito. Y no me llame señora, que me jode.
        —Está bien. Disculpe. Y dense prisa.
        Paqui y Charito entraron en la sucursal. Charito susurró que del segurata se encargaba ella. Paqui se aferró a su pistola sin balas. Entonces, oyeron una inconfundible tosecilla.
        —¡Hombre! ¡Señor Restrepo! ¡Qué alegrón! —exclamó Paqui—.
        Su meliflua voz nasal no se hizo esperar.
        —¿Nos conocemos?
        —Mucho, señor Restrepo. Nos conocemos mucho. Y más que nos vamos a conocer. ¿No me invita a pasar a su despacho?
        —La verdad es que estábamos cerrando…
        —¿Ah, sí? ¿Y qué hacen esos dos ahí dentro?
        Mientras Paqui señalaba hacia un despacho en el que había dos señores brindando con champán —el señor Hernández, director del Banco Pochoncha, y el señor Fernández, director del BBVA—, llegó Charito blandiendo una porra en la mano derecha y una pistola en la izquierda. Las esposas se las había colocado en el bolsillo trasero del pantalón.
        —¿Y todo eso? —preguntó Paqui—.
        —Del segurata. Duerme el sueño de los justos en el maletero del coche.
        —Bien hecho. Te presento al señor Restrepo.
        De repente, a Restrepo la chaqueta se le quedó grande. Levantó las dos cejas a la vez y puso ojos de huevo, mientras los hombros se le curvaban en un gesto de ave carroñera. Sus sienes transpiraban y sus rodillas temblequeaban de manera casi imperceptible. Dijo con voz atiplada:
        —Se-seguridad.
        —¿PERO NO HAS OÍDO QUE LE HE ENCERRADO EN EL COCHE, PEDAZO DE GILIPOLLAS? ¡Y COMO NO HAGAS LO QUE TE DIGAMOS VAS A ACABAR EN EL MALETERO TÚ TAMBIÉN!
        —Chari, cálmate, que tienes un pronto de mil demonios —dijo Paqui—. A éste vamos a atarle a la silla de su despacho, que parece ser que es lo que más ama en este mundo.
        —No, por favor, no lo hagan —suplicó—.
        —¡QUE TE CALLES!
        Los dos banqueros, que habían permanecido indiferentes a toda la escena, reaccionaron ante los gritos de Charito.
        —¿Quién anda ahí?
        Mientras Charito esposaba a Restrepo a su silla, Paqui se acercó al despacho del director y los encañonó con su pistola del maquis.
        —A ver, a vosotros dos se os ha acabado la fiesta. Soltad ahora mismo esas copas.
        —¡Usted no tiene derecho a hacer esto! ¡SEGURIDAD! —gritó el señor Hernández—.
        —Te voy a comentar yo a qué tienes derecho —exclamó Charito entrando por la puerta del despacho—. Siéntate ahora mismo y cállate si no quieres que te vuele la tapa de los sesos, desgraciao.
        Ambos banqueros obedecieron. Paqui los ató a la silla con cuerda de tender la ropa.
        —Vale, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó—.
        —No sé. ¿Tú tienes balas?
        —Yo no. La pistola del Julián no funciona.
        —Vale. El segurata tiene balas en el cinturón, pero no me apetece ir a buscarlas. ¿Por qué no les damos una paliza?
        —Hecho.
        La culata de la republicana pipa quedó incrustada en el cráneo del señor Fernández, mientras que al señor Hernández le llovió una somanta de hostias made in Charito. Cuando ambos estaban inconscientes, Paqui dijo:
        —Oyes, que cuando estos dos se despierten, van a cantar fijo.
        —No te apures, vida, que el pajarito va a dejar de piar —contestó Charito—. Vamos a ocuparnos de Restrepo y ahora volvemos.
        Entre las dos introdujeron a Restrepo maniatado en el maletero del coche, junto con el guarda de seguridad, y Charito cogió una lata de gasolina que había comprado por el camino. A esas horas, la selección jugaba un encuentro amistoso con Uganda. La calle estaba, por lo tanto, desierta. Entraron de nuevo a la sucursal, la rociaron de gasolina y Paqui lanzó desde la puerta una colilla encendida. Charito la esperaba con el coche al ralentí.
        Mientras se alejaban, vieron cómo las llamaradas consumían el local en cuestión. No había por qué preocuparse por los pisos superiores: los que no estaban deshabitados habían sido desalojados. Sólo las ratas salieron corriendo despavoridas.

IV
Hastiadas de escuchar malas noticias en la radio, a la altura de Mataró pararon en una estación de servicio y se compraron una cinta de cassette de Los Chichos. También aprovecharon para comprarse un par de pepitos de ternera y ver cómo iban las cosas en el maletero. El segurata y Restrepo parecían haber intimado bastante, a juzgar por el achuchón que estaban dándose cuando fueron sorprendidos. Charito les obligó a quedarse en calzoncillos, para que no sufriesen tanto con la calor, y les lanzó un par de preservativos.
Vivieron un momento de tensión en la frontera, donde un guardia con exceso de celo escudriñó con mirada suspicaz hacia el interior del coche. Paqui aprovechó para ajustarse el sujetador debajo de sus narices. Eso le distrajo y pudieron seguir su camino.

        «Gire a la derecha. Avance 200 metros. Ha llegado a su destino». A falta de GPS, Charito leía con voz nasal los carteles de la carretera. Buscar un aparcamiento en Cap d’Agde no es fácil, de modo que tuvieron que dar bastantes vueltas. Por fin una caravana llena de ancianos en pelotas dejaba un hueco libre en el paseo marítimo, al lado de la playa principal del pueblo. Charito se apeó del coche y abrió el maletero. Allí estaban el segurata y Restrepo. Ambos parecían pechugas de pollo crudas.
—Venga, bajaos del coche y quitaos los calzoncillos.
El segurata no se hizo de rogar. Restrepo se tapó la cara con las manos mientras decía que no. Paqui le tuvo que dar un «toquecito».
—Coño, Restrepo, obedece, que estoy harta de verte la puta cara de gilipollas que tienes.
Finalmente, Restrepo se quitó los calzoncillos.
—Y ahora tira p’alante, Restrepo, que yo te vea. Quiero que te sientes en esa terraza llena de viejos en pelotas y que te pidas una piña colada.
Restrepo lloriqueaba y suplicaba. Al segurata parecía no incomodarle la idea de la piña colada. Ni la de los viejos en pelotas.
—Y no os quejéis, que podría haber sido peor. Por lo menos aquí hace calor y todos van borrachos o drogados, así que son muy mansos.
—Os podíamos haber hecho lo mismo en los baños de la estación de Atocha. Ya veríais qué pronto habríais perdido la inocencia.
—O mejor, os podíamos haber dejado tirados en calzoncillos en Polonia, pelándoos de frío en Birkenau y sufriendo alucinaciones con Hitler.
—Pero como somos demasiado buenas os dejaremos aquí en medio de unos cuantos centenares de jubilados en pelotas. Que lo disfrutéis.
Mientras Restrepo se dirigía hacia el bar tapándose alternativamente la colita y el culito con las manos, el segurata puso rumbo firme hacia la orilla del mar, con la intención de hacerse un hueco entre la sociedad cap d’agdense.
        A su vez, Paqui y Charito pusieron rumbo hacia su ciudad de acogida, Toulouse, sintiéndose felices y realizadas.

Moraleja: A cada cerdo le llega su San Martín.

FIN

1 comentario:

  1. Brutal! jjj espero que sea el comienzo de una saga... Me encantan!

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