martes, 30 de abril de 2013

Necrofilia






Necrofilia

A @ViajeroIncierto, un crack del diseño con ojos de poeta.
A lxs veteranxs del 15-M, con todo mi cariño y admiración.

I
«Y unos dicen que nones y otros que pares, y otros que pares». Julián cimbreaba sus 250 libras de carne y pelo en la soledad de su bar mientras hacía un viaje mental por lo alto del cerro de Palomares. El volumen de la música le impidió oír el sonido del atrapasueños de chapas de botella colocado al lado de la puerta de entrada.
       —A las buenas tardes.
       —«y otros que pares, y otros que pares…»
       —¡Juliáaaaan!
       —Coño, Charito, que no te había oído entrar.
     —Chico, vas a despertar a Fraga con tanto Palomares. Ponme un DYC y baja la música, anda.
       —Ya va. Qué morena estás.
       —Es que he estado en la playa. Me fui a dedo hasta San Juan de Luz el otro día.
       —Ah. ¿Y qué tal?
       —M’enamorao.
       —¿Qué?
       —Lo que oyes. He conocido a la mujer de mi vida. Se llama Melinda.
       —Joder, Charito, tú estás fatal. ¿Ahora te has hecho lesbiana?
       —Melindea soy y a Melinda amo.
       —Lo que yo te diga. Deja las drogas, cielo.
Mientras Julián le preparaba el DYC, Charito se rascó los bolsillos en busca de algo suelto para la máquina tragaperras. Sólo encontró una nota manuscrita de Melinda que decía: «Calle de Guzmán el Bueno, 110. 913441086». Se la guardó cerca del corazón. Es decir, dentro del sujetador.
—Por cierto —dijo Julián—, esta mañana han venido unos que se parecían a Martínez el Facha a contarme que han construido un nuevo parque temático en Madrid para fomentar el turismo en la región. Me han dejado este folleto.


         


       

     

       A Charito estuvo a punto de hinchársele la vena del cuello.
—Llama a la Paqui ahora mismo y dile que eche al bolso unas bragas de repuesto, que nos vamos a Madriz. Ah, y esto que no lo vea tu madre, que se nos muere del disgusto.

II
Decenas de momias vestidas con la mortaja de los domingos y ataviadas con gruesos collares de gold-filled, pendientes de perlas y zapatos de tacón bajo (ellas), corbata de rayas oblicuas, discreta insignia de la Falange Española Tradicionalista en la solapa y delicado bigote hitleriano (ellos) hacían fila para entrar en el cuarto de baño de una gasolinera situada a 50 kilómetros de San Martín de la Vega. La misma en la que Charito, casualmente, había decidido parar a repostar.
       Las momias no podían ocultar la excitación que les producía el viaje y parecían estar disfrutando de cada pormenor: unas prestaban atención a si quedaba alguien en el baño, otras se empeñaban en invitar a café, otras comentaban si la miel que vendían en la gasolinera era o no de la Alcarria…  Era la primera vez que viajaban en el espacio y en el tiempo, y el motivo por el cual se habían decidido a hacerlo llenaba de alegría sus fluidos interiores: poder visitar la faraónica infraestructura que el régimen ponía al servicio de sus más fieles seguidores, de los fascistas de primera hora, de las gentes de derechas de toda la vida, no era algo que sucediese todos los días.
       Paqui estaba intentando mangar un paquete de chicles cuando divisó, acodado en la barra de la cafetería, al conductor del autocar en el que viajaba la comitiva cristofascista. En ese momento, el plan a seguir se dibujó en su cabeza con minuciosidad de aparejador. Su objetivo dejó de ser DisneyFranco para centrarse en otro punto de la geografía madrileña.
Pero antes tenía que participar su idea a Charito y ocuparse del chófer, quien a cambio de una caja de brandy Torres rancia que llevaban en el maletero le entregó su uniforme azul y se dejó persuadir de la necesidad de tomarse el resto del día libre.
A Charito no le parecía sensato que se separaran, pero Paqui le supo infundir la confianza necesaria. La evidente infalibilidad de su plan y lo bien que le sentaba el uniforme azul hicieron el resto. Charito se dejó convencer y se dirigió sola hacia el coche.
       Una vez que las momias hubieron ocupando sus lugares en el autocar, Paqui puso una cinta de Camela y arrancó el vehículo. Cuando la cara B estaba llegando a su fin, divisó a lo lejos el lugar convenido para su encuentro con Charito.   

III
«Atención, señoras y señores. Como ustedes saben, la entrada a DisneyFranco incluye una visita al Valle de los Caídos, con el fin de poder honrar la memoria del Caudillo de España por la Gracia de Dios, su Excelencia el Generalísimo Franco, que el Señor tenga en su Gloria. Vamos a hacer una parada en tan insigne monumento antes de proseguir nuestro camino al parque temático.»
—Con las ganas que tenía de llegar a DisneyFranco para ir a las casetas de tiro al rojo —comentó una momia que leía el ABC con unos quevedos—. Leopoldo, a ver si aciertas muchas veces y me consigues un peluche de Pilar Primo de Rivera.
       —Mujer, no seas impaciente. Vamos primero a presentarle nuestros respetos al Caudillo y a pedirle que interceda ante Santa Teresa para que a nuestro José Luis le asciendan en el cuerpo, que como siga así no pasa de cabo chusquero.
Mientras Paqui aparcaba el autocar y le entregaba las llaves a Charito, las momias accedieron al recinto y se congregaron en torno a las tumbas de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Los sepulcros de mármol brillante y pulido estaban cuidadosamente limpios y cubiertos de flores frescas, lo cual satisfizo enormemente las expectativas de los visitantes del mausoleo. De pronto, una momia exclamó:
       —¡Queridos compañeros nacional-católicos! ¡La emoción de estar en este lugar me embarga! Propongo que recemos una oración colectiva en memoria de los hombres que lucharon a brazo partido para librar a España de las hordas marxistas. ¡Oremos!
       Las momias formaron un semicírculo en torno a las tumbas y se arrodillaron. Paqui y Charito aprovecharon semejante trance místico-fascista para pasarles una cuerda por la espalda. Cuando hubieron acabado de rezar —una hora y cincuenta minutos después—, Paqui y Charito tensaron la cuerda hasta conseguir que el hatillo de momias, pendientes falsos y chapas del Partido Único quedase congregado encima de la tumba del Caudillo y del Ausente.
Entonces, comenzaron a desarrollar el plan convenido. Charito fue a ocuparse de unas cuestiones logísticas, mientras Paqui se hacía cargo de la comitiva de momias.
       —A ver, vejestorios: a partir de ahora vais a hacer lo que yo os diga. Esto no es una iglesia, es un campo de concentración, así que aquí hemos venido a trabajar. Quitaos las vendas y todo lo que llevéis encima, y poneos estos trajes. La función va a empezar.
Le entregó un pijama de rayas blancas y azules a cada una. Algunas opusieron resistencia, pero Paqui incrustó su pie izquierdo en el cráneo de una de las momias, acto que sirvió de ejemplo para que las demás dejasen de protestar.   
       —Muy bien, ahora vais a escuchar una canción y vais a hacer lo que la letra diga.
       Paqui puso en marcha un enorme radio-cassette estéreo y las momias obedecieron los dictados musicales. Una de ellas intentó escabullirse del grupo e ir a llamar al guarda. No tuvo éxito: el segurata, un hombre de metro noventa con patillas kilométricas y brazos tatuados, enarbolaba feliz las llaves del autocar reluciente que Charito le acababa de regalar y se disponía a subir con él al Alto de los Leones.
       Cuando la canción terminó, Paqui continuó con su plan:
       —Vale, y ahora cada una se va a tragar unas cuantas páginas de este libro que tengo aquí —dijo mientras sacaba Marruecos, diario de una bandera del bolsillo de su chamarra—.
       Se elevó un murmullo de voces, e incluso hubo quien pretextó acidez estomacal para escabullirse de la ingesta de celulosa, pero Paqui supo llevar a cabo su objetivo, a veces incluso haciendo uso de la violencia.
       Cuando la última momia hubo ingerido la página 128, el régimen de retórica castrense cutre ya había empezado a hacer efecto en el estómago de la primera, a quien los retortijones impedían mantenerse en pie. Las otras momias pronto empezaron a imitarla, y en cuestión de minutos los sepulcros del Caudillo y de José Antonio quedaron cubiertos de sucias momias vestidas de presidiarios que se retorcían en el suelo abrazándose a su propia tripa. Al final, el perrete terminó asomando el hocico.  
       —De acuerdo, por nuestra parte ya estáis purgadas. Podéis iros a DisneyFranco. Andando, claro.

Por otro lado, Charito había conseguido colocar en el centro de la corona de flores que presidía la tumba del Caudillo un artefacto explosivo de fabricación casera activable con un discreto botón.
Una vez concluido el trabajo, ya podía marcharse a disfrutar de unas horas en Madrid en compañía de su amor, Melinda. Se sacó la nota del sujetador: «Calle de Guzmán el Bueno, 110. 913441086». Sonrió de placer.
      
IV
Paqui decidió ocupar sus horas de soledad en Madrid visitando el sepulcro del Fary en el Cementerio de La Almudena. Mientras se paseaba entre las tumbas, vio a lo lejos a una mujer que colocaba flores en una tapia coronada por esta placa:
 


Paqui se acercó a hablar con ella:
—Buenos días, señora.
—Buenos días, hija. Aquí estoy, colocándoles unas flores a estas muchachas. Vengo por aquí todas las semanas, ¿sabe?
—Muy bien.
De repente, a lo lejos, un grupo de tres hombres gritó:
—¡Angustias! ¡Te estábamos buscando! ¿Nos vamos ya a hacer la ronda de la memoria?
—Sí, vamos. Mira, hija, estos son Román, Lázaro y Ángel, unos amigos.
—Un placer, caballeros. Yo había venido por aquí a honrar la memoria del Fary y me he encontrado con esta mujer.
—Pues hija, nosotros venimos aquí todas las semanas, y luego nos vamos a la Puerta del Sol a dar una vueltecita. En España sigue habiendo gente tirada en las cunetas y no podemos seguir viviendo como si no pasara nada —dijo un amable señor de pelo largo y sonrisa de poeta—.
—Ángel, deja a esta señorita en paz que nos tenemos que ir —respondió otro señor bonachón, con pinta de ser de esos que ocupan dos asientos en el metro—.
Paqui los dejó atrás y fue a presentarle sus respetos a José Luis Cantero Rada.

V
«Hay que ver qué caro está el metro en Madrid», pensaba Charito mientras salía por la boca de Guzmán el Bueno. Le sorprendió la solemnidad del edificio en el que, supuestamente, vivía Melinda. La placa ubicada sobre la puerta de entrada terminó de confirmar sus sospechas: no le había dado la dirección de su casa, sino la de su trabajo.
       Intuyó que no la dejarían pasar, de modo que fue a un locutorio cercano para llamar a Melinda por teléfono.
       —«Despacho del ministro del Interior, buenas tardes.»
       —Melinda, soy Charito.
       —¡Charito! ¿Dónde estás?
       —Estoy enfrente de tu trabajo. ¿Puedo subir a verte?
       —Claro, ve hacia la recepción y bajo a buscarte.

Le sorprendieron el traje de chaqueta y los modales refinados de la mujer a la que había conocido bebiendo panachés en un chiringuito de playa. Pero Charito seguía viendo en el fondo de sus ojos el mismo brillo de lascivia del que se había enamorado en San Juan de Luz.
       —¿Así que trabajas aquí?
       —Sí, soy la secretaria de Jorge Fernández Díaz, el ministro del Interior.
       —Ah, pues no sé quién es ese tío.
       —Un opusino esclavista que me manda coger ficheros de los estantes altos para verme el culo y que cada vez que quiere un café, en vez de pedírmelo, presiona un timbre verde que tiene sobre la mesa de su despacho.
       —Menudo idiota.
       —Sí. También tiene escondido un cargamento de Chivas que le regaló el otro día José María Aznar. Lo sé porque lo guardé yo. ¿Nos tomamos unas copas? El jefe está en Barcelona.
       —Vale.
El despacho era una gran sala circular con el suelo cubierto de alfombras y las paredes repletas de cuadros. Charito no reconoció los retratos de Escrivá de Balaguer, ni los de los tres últimos Papas, ni el del rey de España. Sí reconoció, enseguida, las botellas de Chivas. Tras dar cuenta de unas cuantas copas y disfrutar del amor sobre la mesa del ministro del Interior, Charito y Melinda se encaracolaban mutuamente el pelo mientras hablaban de su futuro. Melinda dejaría su asqueroso trabajo y se irían juntas a San Juan de Luz a disfrutar de su amor.  

VI
Después de una larga y dolorosa despedida, que prometieron que sería la última, Charito fue a buscar a Paqui y juntas pusieron rumbo de regreso a Toulouse. Charito no podía disimular la sonrisilla de gusto que se nos pone después de acostarnos con la persona amada.
       —¿Qué has hecho con el detonador? —Paqui interrumpió bruscamente los ensueños eróticos de Charito—.
       —Lo tengo en el bolsillo de la chaqueta. ¿Quieres que le dé ya?
       —No, espérate a que estemos un poco más lejos. Pon la radio, a ver qué ha hecho el Rayo.
       «Atención: noticia de última hora. El monumento del Valle de los Caídos ha volado por los aires. De momento se desconocen las causas del incidente, pero se cree que se trata de un atentado terrorista. No hay que lamentar víctimas mortales. La explosión tuvo lugar en el lugar donde se encuentran —encontraban— las tumbas de Franco y José Antonio. El presidente del Gobierno de la nación ha lamentado profundamente el hecho y ya están iniciando los preparativos para el homenaje de estado…»
       —Charito, ¿no decías que no le habías dado al detonador?
       —Es que no le he dado. Mira, lo tengo aquí —dijo, mientras se rebuscaba en los bolsillos—.
       —¿Me puedes explicar qué coño ha pasado, entonces?
       —Hostias, lo debo de haber perdido, porque aquí no está.
       —Mira que te he dicho veces que tienes que coser el fondo de los bolsillos, que con el bardeo se te acaban agujereando siempre.

Justo en ese instante, el ministro del Interior salía de su despacho para requerirle a Melinda su café de media mañana.
       —Melinda, he presionado el botón varias veces. ¿Es que no lo oyes? Tráeme el café, por favor.
       —Señor ministro, el botón se estropeó el otro día, ¿no lo recuerda? Se lo han llevado a reparar. Me han dicho que esta tarde le traerán otro.
       —Entonces, ¿qué es ese botón que llevo un buen rato presionando?

Moraleja: Si el contenido de tus bolsillos no quieres perder, vacíalos antes de yacer. 
FIN




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